El Semáforo IV: La Última Luz Verde

El Semáforo IV: La Última Luz Verde
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Amarillo supo que algo había cambiado incluso antes de verlos.

No fue por una frase, ni por un gesto concreto, ni por esa manera que tenía Rojo de fingir normalidad cuando por dentro estaba hecha de incendio. Fue por el aire. Por la calma distinta que queda después de una noche en la que dos personas no solo se desean, sino que se han visto en un lugar donde ya no sirven las máscaras.

Rojo no estaba más dócil.

Verde no estaba más dueño.

Pero algo entre ellos había dejado de correr.

Ahora respiraba.

Y eso, para Amarillo, era mucho más peligroso.

La encontró aquella mañana en la cocina, apoyada contra la encimera, con una taza entre las manos y el pelo todavía con esa rebeldía hermosa de quien ha dormido poco, sentido mucho y pensado demasiado.

—No has dormido —dijo Amarillo.

Rojo no levantó la vista.

—Un poco.

—Eso significa nada.

Rojo sonrió.

—Eso significa que no me apetece confesar.

Amarillo se sentó frente a ella.

—Entonces no confieses. Háblame.

Rojo respiró hondo.

—¿Y si no sé qué decir?

—Empieza por lo que sabes.

La taza quedó quieta entre sus dedos.

—Sé que me gusta. Sé que me asusta. Sé que con él siento algo que no sé ordenar. Y sé que anoche, por momentos, no quería que acabara nunca.

Amarillo la miró con esa ternura que no invadía, pero tampoco apartaba la vista.

—Eso no es poco.

—No.

—¿Te preocupa desearlo tanto?

Rojo tragó saliva.

—Me preocupa necesitar esa sensación. No a él como dependencia, no así. Pero sí ese lugar. Esa forma en la que me mira, me ordena, me sostiene. Me preocupa querer volver ahí.

Amarillo bajó la voz.

—Querer volver a un lugar donde te sentiste segura no es debilidad.

Rojo la miró.

—¿Y si me entrego demasiado?

—Entonces el semáforo existe para eso.

—No quiero tener que parar.

—Nadie quiere parar cuando arde bonito. Pero saber que puedes hacerlo es lo que permite que arda sin miedo.

Rojo cerró los ojos un instante.

—Hoy quiero más.

Amarillo no se sorprendió.

—Lo sé.

—Más de verdad.

—También lo sé.

Rojo abrió los ojos.

—¿Y eso te preocupa?

Amarillo sostuvo su mirada.

—Me preocuparía si te viera perdida. No te veo perdida. Te veo hambrienta, nerviosa, intensa y un poco insoportable, que eso no es novedad.

Rojo soltó una risa.

—Gracias.

—Pero también te veo consciente. Y eso cambia todo.

Rojo dejó la taza sobre la mesa.

—Quiero sentirlo entero. No solo el control. No solo la espera. Quiero su boca, sus manos, su cuerpo. Quiero dejar de pensar y, al mismo tiempo, saber que, si digo amarillo, él va a escucharme.

Amarillo asintió despacio.

—Entonces díselo así.

Rojo bajó la mirada.

—Me da vergüenza.

—Precisamente por eso.

Rojo se quedó callada.

Amarillo se inclinó un poco hacia ella.

—Rojo, no hay entrega real sin un poco de verdad incómoda. Si quieres que Verde te lleve más lejos, tiene que saber hasta dónde deseas ir. No para empujarte. Para acompañarte.

Rojo sonrió apenas.

—Eres condenadamente buena en esto.

—Lo sé. Es molesto para todos.

Más tarde, Amarillo habló con Verde.

Lo encontró donde solía encontrarlo cuando necesitaba ordenar la cabeza: en silencio, con la mirada fija en algún punto que parecía no estar en la habitación.

—Hoy va a pedirte más —dijo ella sin rodeos.

Verde no fingió desconocimiento.

—Lo imagino.

—No. No lo imaginas del todo.

Él la miró entonces.

Amarillo se cruzó de brazos.

—No quiere solo intensidad mental. Quiere piel. Quiere sexo. Quiere que el deseo deje de rodearla y la atraviese.

Verde respiró despacio.

—¿Te lo ha dicho?

—A su manera.

—¿Y está bien?

—Está consciente. Nerviosa, sí. Pero consciente.

Verde bajó la mirada un momento.

—No quiero precipitar nada.

—Lo sé. Por eso te lo digo a ti y no a cualquiera.

Él guardó silencio.

Amarillo dio un paso más.

—Pero cuidado con otra cosa.

—¿Con qué?

—Con protegerla tanto que acabes decidiendo por ella.

Aquello lo hizo levantar la vista.

—No haría eso.

—No a propósito. Pero a veces el cuidado también puede convertirse en una forma elegante de miedo.

Verde entendió.

—Si ella pide más…

—No se lo concedas como quien cede. Escúchala. Pregunta. Marca el semáforo. Y si está en verde, no tengas miedo de ser Verde.

La frase quedó en el aire.

Verde sonrió apenas.

—Eres peligrosa.

—Soy necesaria.

—También.

Amarillo suavizó el gesto.

—Ella no necesita que seas perfecto. Necesita que seas honesto. Si la deseas, que lo sepa. Si vas a tomarla, que sea porque los dos habéis elegido ese lugar. Si vas a llevarla al límite, que ella sienta que puede volver.

Verde asintió.

—La traeré de vuelta.

—No. Volveréis juntos.

La noche no llegó de golpe.

Se fue formando.

Primero en la espera. Después en los mensajes breves. Luego en el silencio. Y finalmente en la puerta cerrándose otra vez, como si el mundo se quedara fuera por acuerdo mutuo.

Rojo estaba junto a la ventana cuando Verde entró.

No llevaba la armadura de otras veces. No del todo. Había algo más directo en ella, más vulnerable y más provocador al mismo tiempo. Como si hubiera decidido no esconder el deseo, pero tampoco regalárselo sin que él lo mereciera.

Verde cerró la puerta.

—Ven aquí.

Rojo no se movió enseguida.

—¿Así empezamos?

—Sí.

Ella sonrió.

—Mandón.

—Obediente.

La palabra la tocó.

Rojo caminó hacia él despacio. No como quien cede, sino como quien elige el camino hacia la boca del lobo sabiendo exactamente por qué va.

Cuando quedó frente a él, Verde no la besó.

La miró.

—Color.

Rojo sostuvo su mirada.

—Verde.

—Hoy necesito más que eso.

Ella respiró.

—Verde claro. Con nervios. Pero verde.

—¿Qué quieres?

Rojo bajó la mirada un segundo.

Verde esperó.

Ella volvió a mirarlo.

—Te quiero a ti. Más. Sin rodeos, pero sin perderme. Quiero sentir tu boca. Tus manos. Tu cuerpo. Quiero que me tomes, pero quiero seguir pudiendo hablar.

Verde no sonrió.

No convirtió su confesión en victoria.

Solo levantó una mano y le acarició el rostro.

—Eso ha sido valiente.

—No me llames valiente ahora.

—¿Por qué?

—Porque me haces sentir demasiado.

Verde se acercó a su oído.

—Ese es el plan.

Rojo cerró los ojos.

—Maldito seas.

—Manos atrás.

Ella obedeció con una respiración lenta.

Verde la rodeó, quedando a su espalda. Sus dedos descendieron por sus brazos hasta sus muñecas, sujetándolas sin fuerza excesiva, solo con esa firmeza que a Rojo le hacía entender que podía dejar de sostenerlo todo.

—Hoy no voy a perseguirte —murmuró él—. Si quieres más, vas a pedirlo.

Rojo tragó saliva.

—Eso es cruel.

—No. Eso es honesto.

Su boca rozó el cuello de ella.

Rojo se estremeció.

—Verde…

—Todavía no.

Él dejó un beso lento bajo su oído. Después otro más abajo. No había prisa. Ese era el tormento. Verde no la devoraba de golpe; primero la preparaba para querer ser devorada.

Rojo inclinó la cabeza sin darse cuenta, ofreciéndole más piel.

—Así —susurró él—. No huyas de lo que quieres.

Ella respiró con dificultad.

—No estoy huyendo.

—Entonces dilo.

Rojo apretó los labios.

Verde soltó sus muñecas y se colocó frente a ella.

—Dilo.

Ella lo miró con los ojos brillantes.

—Quiero que me beses.

—¿Dónde?

El rubor le subió al rostro.

—En todas partes.

Verde sonrió apenas.

—Mejor.

Y entonces la besó.

La besó con una intensidad que no pidió permiso porque ya lo tenía, pero tampoco olvidó el cuidado. Sus manos fueron a su cintura, la atrajeron, y Rojo respondió con hambre, con una necesidad que llevaba horas creciendo bajo la piel.

Esta vez él no le apartó las manos cuando ella lo tocó.

Dejó que explorara.

Dejó que sus dedos buscaran su pecho, sus hombros, la tensión contenida de su cuerpo. Rojo sintió el deseo de Verde contra ella, no solo en su respiración, sino en la forma en que cada gesto parecía medido para no precipitarse.

Aquello la encendió más.

—Me deseas —dijo ella, casi sorprendida.

Verde apoyó la frente contra la suya.

—Desde antes de tocarte.

Rojo cerró los ojos.

—Dímelo otra vez.

Él le tomó la barbilla.

—Te deseo.

La frase cayó limpia.

No adornada.

No suave.

Real.

Rojo sintió que algo dentro de ella se abría.

Verde la condujo hasta la cama. Esta vez sí la dejó caer, pero con control, quedando sobre ella sin aplastarla, con una rodilla entre sus piernas y una mano junto a su cabeza.

—Color.

—Verde.

—Si necesitas bajar…

—Amarillo.

—Si necesitas parar…

—Rojo.

—Si quieres más…

Rojo lo miró.

—Lo pediré.

Verde besó su frente.

—Buena chica.

Ella tembló.

Después su boca descendió.

Primero por su cuello. Luego por el nacimiento del pecho. Cada beso era lento, intencionado, como si Verde no estuviera recorriendo un cuerpo, sino leyendo un idioma que solo Rojo hablaba de esa manera.

Ella respiraba cada vez más deprisa.

Cuando su boca llegó a su vientre, Rojo llevó una mano a su pelo.

Verde se detuvo.

La miró desde abajo.

—No dirijas.

Ella soltó el aire.

—Perdón.

—No pidas perdón por querer. Pide permiso para tocar.

Rojo lo miró, encendida y vulnerable.

—¿Puedo tocarte?

Verde dejó pasar un segundo.

—Sí.

Entonces ella hundió los dedos en su pelo, no para mandar, sino para sentir.

Verde siguió bajando.

Sus labios rozaron su monte de Venus con una lentitud que hizo que Rojo cerrara los ojos. Él no se precipitó hacia su sexo. La besó alrededor, en los límites, en esa frontera donde el deseo se vuelve casi insoportable porque todavía no recibe aquello que espera.

—Verde… —susurró ella.

—¿Qué quieres?

Rojo tragó saliva.

—Tu boca.

—¿Dónde?

Ella apretó los dedos en su pelo.

—En mi sexo.

Verde cerró los ojos un instante, como si aquella honestidad también le afectara a él.

—Mírame.

Rojo abrió los ojos.

Y entonces él descendió.

No hubo vulgaridad en el gesto. Hubo hambre, sí. Hambre lenta. Su boca encontró la cueva cálida de su placer con una precisión que hizo que Rojo se arqueara, pero sus manos la sujetaron por las caderas.

—Quietas.

Ella gimió, bajo, hermoso, casi avergonzada de sí misma.

Verde la saboreó con calma al principio, como quien no quiere perderse ningún matiz. Rojo sintió la lengua de él dibujar caminos sobre su humedad, sintió la presión justa, la pausa justa, el regreso exacto al punto donde el placer dejaba de ser promesa y empezaba a convertirse en oleaje.

—Respira —ordenó él contra su piel.

Rojo intentó obedecer.

No era fácil.

El cuerpo quería tensarse, correr, romper la espera. Verde no se lo permitió. La sostuvo en ese borde delicioso donde cada segundo parecía una súplica.

—Por favor…

Él levantó la mirada.

—¿Por favor qué?

Rojo no apartó los ojos esta vez.

—No pares.

Verde sonrió contra su monte de Venus.

—Así se pide.

Y no paró.

La devoró con una mezcla de reverencia y dominio, con esa forma suya de hacer que incluso el placer más carnal pareciera una conversación profunda. Rojo dejó de intentar contener los sonidos. Su cuerpo habló por ella. Sus muslos temblaron, sus manos se aferraron a las sábanas y después a él, y Verde la llevó despacio hasta que el mundo se le estrechó en un único punto de luz.

—Verde… —jadeó ella.

—Estoy aquí.

—Voy a…

—Lo sé.

Pero él se apartó un segundo antes.

Rojo abrió los ojos de golpe.

—No.

Verde subió sobre ella con una calma cruelmente hermosa.

—No, ¿qué?

—No pares ahora.

—No me órdenes.

Ella respiró, temblando de frustración y deseo.

—Por favor, no pares ahora, Señor.

Verde la besó.

Y Rojo se sintió a sí misma en la boca de él. Aquello la sacudió de una forma íntima, casi indecente, pero tan profundamente consensuada que no hubo vergüenza que pudiera sostenerse demasiado tiempo.

—Quiero tocarte —dijo ella.

Verde la miró.

—Dímelo bien.

Rojo deslizó una mano por su pecho.

—Quiero sentir tu falo. Quiero saber cuánto me deseas.

La respiración de Verde cambió.

Por primera vez aquella noche, Rojo vio en él una grieta. No de debilidad, sino de deseo contenido. Y le gustó. Le gustó demasiado.

Verde se apartó lo justo para permitirle acercarse.

—Despacio.

Rojo obedeció.

Sus manos descendieron con cuidado, con una mezcla de curiosidad y hambre. Cuando encontró el ardiente deseo de él, firme y vivo bajo sus dedos, levantó la vista.

—Verde…

Él cerró los ojos un instante.

—Sigue.

Rojo lo acarició con lentitud, sintiendo cómo el control de Verde se volvía más respiración que palabra. Aquello le dio una clase distinta de poder. No el poder de dominarlo, sino el de saber que también podía afectarlo. Que él no era piedra. Que él también ardía.

Ella se incorporó un poco.

—Quiero probarte.

Verde abrió los ojos.

—Color.

—Verde.

—¿Segura?

Rojo sonrió con una suavidad peligrosa.

—Muy verde.

Él le acarició el rostro.

—Entonces ven.

Rojo descendió con una lentitud que esta vez fue suya. Su boca encontró el falo de Verde con una mezcla de reverencia y deseo, no como una obligación, sino como una elección. Lo besó primero, casi con ternura. Luego dejó que sus labios aprendieran la forma de aquella parte de él que había sentido contra su cuerpo, dura de deseo, cálida, profundamente humana.

Verde no la empujó.

No la obligó.

Solo le acarició el pelo y respiró hondo cuando ella lo recibió con más decisión.

—Así… —murmuró él.

Rojo sintió esa palabra como una caricia.

Su boca se movió despacio, explorando, dando y tomando a la vez. Había algo extrañamente íntimo en aquello. No era solo placer masculino. Era confianza. Era él permitiendo que ella lo viera también vulnerable, también encendido, también necesitado.

Cuando Verde notó que su control empezaba a tensarse demasiado, le tomó suavemente el rostro.

—Basta.

Rojo se apartó con los labios húmedos y la mirada brillante.

—¿He hecho algo mal?

Verde la levantó hacia él.

—Has hecho demasiado bien.

La besó con hambre.

Esta vez sí hubo urgencia.

No descuido, pero sí una necesidad más directa. Los cuerpos dejaron de hablar en susurros. Rojo lo atrajo hacia ella, y Verde la colocó bajo él con una firmeza que la hizo suspirar antes incluso de que pasara nada más.

—Dime que lo quieres —pidió él.

Rojo le rodeó la cintura con las piernas.

—Lo quiero.

—Dime qué quieres.

Ella sostuvo su mirada.

—Quiero que entres en mí.

Verde apoyó una mano junto a su rostro.

—Color.

Rojo respiró.

—Verde. Verde completo.

Él la besó en la frente.

—Si cambia…

—Te lo digo.

—Si te vas demasiado lejos…

—Amarillo.

—Si necesitas parar…

—Rojo.

Entonces Verde la tomó.

Despacio al principio.

Con una lentitud tan intensa que Rojo sintió cada milímetro como una palabra escrita en su cuerpo. Su sexo lo recibió con calor, con tensión, con esa mezcla de apertura y vértigo que hizo que ambos se quedaran inmóviles un instante.

Frente contra frente.

Respiración contra respiración.

—Mírame —dijo él.

Rojo lo miró.

Cuando Verde se movió por primera vez dentro de ella, Rojo cerró los ojos sin poder evitarlo.

—No —susurró él—. Aquí.

Ella volvió a abrirlos.

Y entonces todo cambió.

La penetración no fue solo física. No allí. No entre ellos. Fue una forma de control más profunda, más real, más desnuda. Verde marcó un ritmo lento, firme, haciendo que Rojo sintiera no solo el placer, sino la presencia. Su cuerpo dentro del suyo. Su voz cerca. Sus manos sosteniéndola. Su mirada obligándola a no huir del momento.

Rojo gimió su nombre.

Él bajó la boca a su cuello.

—No te escondas.

—No puedo.

—Bien.

El ritmo aumentó poco a poco.

Rojo se aferró a su espalda. Verde la sujetó por la cadera, guiando el encuentro, llevándola hacia un lugar donde el placer ya no era elegante ni ordenado, sino profundo, vivo, inevitable. Aun así, seguía siendo hermoso.

Porque en cada embestida había escucha.

En cada pausa, cuidado.

En cada orden, consentimiento.

—Dime cómo estás —pidió Verde.

Rojo jadeó.

—Verde.

—Más.

—Estoy… estoy contigo.

Él se detuvo apenas.

La miró.

Rojo tembló bajo él.

—No pares.

—Dilo otra vez.

—Estoy contigo.

Verde volvió a moverse, más hondo, más firme.

Rojo sintió que algo la atravesaba entera. No solo el cuerpo. También la coraza. También el miedo. También esa parte que siempre quería controlar cómo era vista.

Con Verde no podía controlar eso.

Y, por primera vez, no quiso.

El placer fue creciendo como una marea. Rojo empezó a perder la forma de las frases. Verde la sostuvo, la guio, la llevó con voz baja y manos seguras.

—Respira.

Ella respiró.

—Mírame.

Lo miró.

—Pide.

Rojo gimió.

—Déjame llegar.

Verde apretó la mandíbula.

—Todavía no.

Ella se estremeció.

—Por favor.

—Aguanta un poco más.

—No sé si puedo.

—Sí puedes. Estoy contigo.

Aquella frase la sostuvo más que cualquier mano.

Aguantó.

No por obedecer sin más, sino porque quería entregarle también ese último borde. Quería sentir cómo él decidía el momento exacto en que su cuerpo podía rendirse.

Verde cambió el ritmo, más lento, más profundo, más insoportable.

—Ahora —susurró él—. Suéltate conmigo.

Y Rojo se soltó.

El placer la atravesó con una fuerza que le arrancó un sonido roto y precioso. Su cuerpo se cerró alrededor de él, temblando, llamándolo, recibiéndolo. Verde la siguió poco después, perdiendo por fin esa última capa de control, dejando que su propio deseo ardiera dentro de la escena que ambos habían construido.

Durante unos segundos no hubo mundo.

Solo ellos.

Solo calor.

Solo la respiración deshecha de dos cuerpos que habían cruzado una frontera sin romper nada.

Verde quedó sobre ella, cuidando su peso, con la frente apoyada junto a la suya.

—Color —preguntó, casi sin voz.

Rojo tardó.

Él esperó.

—Verde… —susurró ella—. Amarillo suave.

Verde salió de ella con cuidado y la envolvió de inmediato.

—Ven aquí.

La acomodó contra su pecho, la cubrió, le acarició el pelo. Rojo no habló al principio. Su cuerpo seguía vibrando con ecos. Su mente volvía despacio.

—Estoy bien —dijo al fin.

—No tienes que convencerme.

—Lo digo porque es verdad.

Verde besó su frente.

—Te creo.

Rojo cerró los ojos.

—Ha sido mucho.

—Sí.

—Pero no demasiado.

—Bien.

Ella sonrió débilmente.

—No pareces tan orgulloso ahora.

Verde soltó una risa baja.

—Estoy ocupado volviendo al cuerpo.

Rojo se rió contra su pecho.

—Eso ha sonado muy poco dominante.

—Los Dominantes también respiran.

—Qué decepción.

Él le dio un beso lento en el pelo.

—Descansa, insolente.

—¿Eso es una orden?

—Sí.

Rojo suspiró.

—Entonces obedeceré.

Pasó un rato antes de que Amarillo llamara suavemente a la puerta.

No entró hasta que Verde respondió.

—¿Todo bien?

Rojo, envuelta en la manta, levantó apenas la cabeza.

—Viva.

Amarillo abrió la puerta lo justo, con una bandeja en las manos y una sonrisa que mezclaba alivio y humor.

—Empiezo a pensar que necesito un formulario de supervivencia para vosotros dos.

Verde se incorporó un poco.

—No preguntes.

—No pensaba hacerlo. Mi imaginación trabaja sola y cobra poco.

Rojo se tapó la cara.

—Amarillo…

Ella dejó la bandeja cerca.

Agua. Algo dulce. Té.

Siempre puente.

Siempre regreso.

—Solo vengo a comprobar colores.

Verde miró a Rojo.

Rojo respiró hondo.

—Verde cansado. Amarillo emocional. Rojo no.

Amarillo asintió con solemnidad.

—Diagnóstico aceptable.

Se sentó en la butaca, igual que otras veces, sin invadir.

—¿Quieres hablar? —preguntó a Rojo.

Rojo miró a Verde.

Él no respondió por ella.

Eso le gustó.

—No ahora —dijo ella—. Pero quédate un poco.

Amarillo suavizó la mirada.

—Claro.

Y se quedó.

No como testigo de lo íntimo, sino como guardiana del después. Como esa presencia que recordaba que la entrega no terminaba con el placer, sino con el cuidado posterior. Con el agua. Con la manta. Con el silencio permitido.

Verde sostuvo a Rojo.

Amarillo sostuvo el espacio.

Y Rojo, por primera vez en mucho tiempo, no sintió que tuviera que sostenerse sola.

Más tarde, cuando la noche ya se había vuelto madrugada, Amarillo caminó con Verde hasta la puerta.

Rojo dormía.

No profundamente, pero sí tranquila.

—La has cuidado —dijo Amarillo.

Verde miró hacia la cama.

—Ella también me ha cuidado a mí.

Amarillo sonrió.

—Eso es bueno que lo sepas.

—Lo sé.

—No siempre el que guía es el único que sostiene.

Verde asintió.

—Hoy lo he sentido.

Amarillo bajó la voz.

—Entonces no olvides esto. Si algún día esto continúa, que no sea porque el deseo empuja, sino porque la confianza invita.

Verde miró a Rojo.

—¿Y si ambas cosas pasan a la vez?

Amarillo sonrió.

—Entonces seguís usando el semáforo.

Al amanecer, Rojo despertó antes que él.

Durante un rato se quedó mirándolo.

Verde dormido parecía menos inalcanzable. Menos control. Más hombre. Más piel. Más verdad. Rojo sintió una ternura inesperada, una especie de calma que le dio más miedo que la pasión.

Porque el deseo podía explicarse.

La ternura, no tanto.

Se levantó con cuidado y fue hacia la ventana.

Amarillo estaba allí, como si hubiera sabido que ese momento llegaría.

—Buenos días —dijo.

Rojo sonrió.

—¿Duermes alguna vez?

—Solo cuando no hay incendios sentimentales cerca.

Rojo miró hacia fuera.

—No sé qué somos.

Amarillo se colocó a su lado.

—No tienes que saberlo hoy.

—Me molesta no saber.

—Lo sé.

—Me gusta demasiado.

—También lo sé.

Rojo suspiró.

—Anoche fue distinto.

—¿Bueno distinto?

Rojo tardó en responder.

—Real distinto.

Amarillo la miró.

—Eso pesa más.

—Sí.

—¿Te arrepientes?

Rojo negó.

—No.

—¿Te asusta?

—Mucho.

Amarillo apoyó su hombro contra el de ella.

—Entonces quizá no es un final.

Rojo la miró.

—¿Qué es?

Amarillo sonrió despacio.

—Una puerta.

Rojo volvió la mirada hacia la cama, donde Verde empezaba a despertar.

Él abrió los ojos y la buscó antes de decir nada.

Cuando sus miradas se encontraron, no hubo promesa. No todavía. No hacía falta.

Solo una pregunta silenciosa.

Rojo sonrió apenas.

Verde entendió.

Amarillo también.

El semáforo seguía allí.

No como una norma fría.

No como un límite que empobrece.

Sino como el idioma secreto de quienes desean arder sin dejar cenizas.

Verde podía guiar.

Rojo podía entregarse.

Amarillo podía recordarles el camino de vuelta.

Y quizá, solo quizá, aquella última luz verde no fuera la última.

Quizá solo era la primera que se atrevían a mirar de frente.