El Semáforo V: La Mujer Que No Se Rendía
Rojo no tenía miedo de muchas cosas.
O, al menos, eso le gustaba creer.
Había aprendido demasiado pronto a no esperar que nadie la salvara. Había aprendido a sostenerse sola, a sonreír cuando por dentro algo dolía, a ordenar el caos con la misma precisión con la que otras personas ordenan una habitación antes de recibir visitas.
Rojo sabía apagar mecanismos.
Sabía cuándo callar, cuándo provocar, cuándo retirarse, cuándo levantar la barbilla y cuándo convertir una herida en ironía. Sabía mandar sobre su vida con una disciplina casi feroz. Incluso en el deseo, incluso en el juego, incluso cuando fingía perder el control, una parte de ella seguía vigilando desde dentro.
Hasta Verde.
Y eso la enfadaba.
No porque él la hubiera vencido.
Eso habría sido más sencillo de odiar.
Si Verde hubiese intentado imponerse como otros, si hubiese confundido Dominación con conquista, si hubiese querido doblegarla por orgullo, Rojo habría sabido exactamente qué hacer. Lo habría mirado a los ojos, habría sonreído con esa sonrisa suya de filo rojo y lo habría dejado fuera antes de que pudiera acercarse demasiado.
Pero Verde no había hecho eso.
Verde no la había derrotado empujando.
La había desarmado sosteniendo.
No le había arrancado el control de las manos. Le había ofrecido un lugar donde, por primera vez en mucho tiempo, no parecía peligroso soltarlo.
Y aquello era mucho peor.
Porque contra la fuerza Rojo sabía luchar.
Contra el cariño, no tanto.
Aquella mañana, Amarillo la encontró sentada en el suelo, junto a la cama deshecha, con una camisa demasiado grande cubriéndole los hombros y la mirada fija en ninguna parte.
Rojo no parecía rota.
Parecía en guerra consigo misma.
Amarillo entró sin hacer ruido y se sentó a su lado.
No preguntó de inmediato.
Ese era uno de sus dones: sabía que algunas preguntas, si se hacían demasiado pronto, se convertían en invasión.
Rojo fue la primera en hablar.
—No sé qué me pasa.
Amarillo apoyó la cabeza contra la pared.
—Sí lo sabes.
Rojo soltó una risa seca.
—Odio cuando haces eso.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Me molesta de verdad.
—También lo sé.
Rojo la miró de reojo.
—Estás insoportable.
—Estoy en mi papel.
Hubo un silencio breve.
Rojo bajó la mirada hacia sus manos.
—No me gusta sentir que alguien puede moverme tanto.
Amarillo no respondió enseguida.
—¿Moverte o verte?
Rojo apretó la mandíbula.
—Ambas.
—Eso no es lo mismo.
—Se siente igual.
—No. Moverte puede hacerlo cualquiera que aprenda dónde duele. Verte de verdad no.
Rojo cerró los ojos.
—Ese es el problema.
Amarillo giró un poco el cuerpo hacia ella.
—¿Que te vea?
Rojo tragó saliva.
—Que no me dé ganas de huir cuando lo hace.
Esa frase quedó entre las dos con un peso íntimo.
Amarillo suavizó la voz.
—Rojo…
—No. Déjame decirlo antes de que vuelva a esconderlo en una broma.
Amarillo calló.
Rojo respiró hondo.
—Yo sé controlar mi vida. Sé controlarme. Sé cuándo tengo que poner distancia. Sé cuándo alguien quiere entrar demasiado y sé cómo cerrarle la puerta. Eso se me da bien. Siempre se me dio bien.
—Lo sé.
—Pero con él… no siento que tenga que cerrar la puerta. Y eso me asusta más que cualquier orden.
Amarillo la escuchó con una seriedad dulce.
—Porque si no cierras la puerta, alguien puede entrar.
—Sí.
—Y si entra, puede quedarse.
Rojo miró al suelo.
—O puede irse después de haber visto demasiado.
Amarillo no intentó corregirla. No le dijo que eso no pasaría. No le regaló una seguridad falsa, porque entre ellas dos la verdad era una forma de cariño.
—Puede —admitió—. Siempre puede pasar.
Rojo soltó el aire.
—Gracias, muy tranquilizador.
—No estoy aquí para mentirte.
—Ya lo veo.
Amarillo buscó su mano.
Rojo tardó un segundo, pero se la dio.
—Pero también puede pasar otra cosa —dijo Amarillo—. Puede entrar, verte, quedarse un rato, cuidarte, aprender tus esquinas, equivocarse, pedir perdón, volver a intentarlo. Puede no ser perfecto y aun así ser real.
Rojo tragó saliva.
—No sé si sé vivir eso.
—Nadie sabe hasta que empieza.
—Yo no quiero depender de nadie.
—No estás dependiendo de él por desear que te cuide.
Rojo la miró.
—¿Y si me acostumbro?
—Entonces tendrás que aprender a distinguir entre necesitar a alguien para existir y elegir a alguien porque contigo puede existir algo bonito.
Rojo se quedó callada.
Amarillo le apretó la mano.
—Tú no eres menos fuerte porque alguien te abrace el alma. Eso también hay que saber recibirlo.
Los ojos de Rojo brillaron, pero no lloró.
Rojo no lloraba fácil.
A veces Amarillo pensaba que sus lágrimas no habían desaparecido, solo se habían convertido en fuego.
—Me molesta —susurró Rojo.
—¿Qué?
—Que no me venza.
Amarillo frunció el ceño.
—Explícate.
Rojo sonrió con tristeza.
—Si me venciera, podría odiarlo un poco. Podría decir que me domina porque tiene más fuerza, más carácter, más poder. Podría convertirlo en una lucha. Pero no es eso. Él me mira como si no necesitara ganarme. Como si ya supiera que no soy un premio.
Amarillo sonrió apenas.
—Porque no lo eres.
—Ya.
—Eres una mujer.
Rojo cerró los ojos.
—Una mujer que no se rinde.
—No tienes que rendirte para entregarte.
Rojo abrió los ojos.
Amarillo dejó que esa frase respirara.
—Rendirse es caer porque ya no puedes más. Entregarte es elegir dónde dejas el peso.
Rojo no respondió.
Pero algo en su cara cambió.
Más tarde, Amarillo buscó a Verde.
Lo encontró en el patio interior, sentado con los antebrazos apoyados sobre las rodillas. Tenía esa calma suya, pero Amarillo ya sabía leer también sus grietas. Verde podía parecer seguro, pero cuando algo le importaba, su silencio se volvía más denso.
—Está asustada —dijo Amarillo.
Verde no levantó la vista.
—Lo sé.
—No como crees.
Entonces él la miró.
Amarillo se sentó frente a él.
—Rojo no teme que la domines. Eso lo entiende. Incluso lo desea. Lo que le asusta es que la cuides donde ella no se deja cuidar.
Verde respiró despacio.
—No quiero entrar donde no me invite.
—Bien. Pero tampoco confundas su orgullo con una puerta cerrada.
Él sostuvo su mirada.
—¿Qué necesita?
Amarillo sonrió con cierta tristeza.
—Que no intentes ganarle.
Verde bajó la vista.
—No quiero ganarle.
—Lo sé. Pero ella aún está aprendiendo eso.
—¿Y si se aparta?
—Puede hacerlo.
—¿Y si me pide más solo para no tener que sentir?
Amarillo se quedó en silencio un momento.
—Entonces tendrás que ser más Dominante que hombre deseante.
Verde entendió.
Amarillo continuó:
—A Rojo le resulta fácil arder. Lo difícil para ella es quedarse después del fuego. Si esta noche la tienes, si la tomas, si la deseas como sé que la deseas, no olvides mirar qué parte de ella está pidiendo placer y qué parte está pidiendo refugio.
Verde cerró los ojos un instante.
—La deseo muchísimo.
—Bien.
—Y eso me preocupa.
—También bien.
Él la miró.
—¿También?
—Sí. Me preocuparía más que la desearas sin preocuparte.
Verde soltó una pequeña risa.
—Eres dura.
—Soy amiga de Rojo.
—Lo sé.
—No. Escúchame bien. Soy amiga de Rojo, casi hermana. Si tú la hieres por torpeza, lo hablaremos. Si la hieres por ego, me tendrás enfrente.
Verde no se ofendió.
Al contrario.
Asintió con una seriedad profunda.
—Me parece justo.
Amarillo lo observó.
—Pero también sé algo.
—¿Qué?
—Ella no te habría dejado llegar tan lejos si no hubiese visto algo en ti.
Verde tragó saliva.
—A veces siento que camino sobre cristal.
—No camines de puntillas. Ella no quiere lástima ni miedo. Quiere verdad. Firmeza. Deseo. Cuidado. Quiere que seas capaz de tomarla sin convertirla en algo pequeño.
Verde levantó la mirada.
—Ella nunca sería pequeña.
Amarillo sonrió.
—Exacto.
La noche llegó con un color distinto.
No había el mismo hambre desesperada de la vez anterior. Había algo más complejo, más humano. La pasión seguía ahí, sí, encendida bajo la piel, pero ahora caminaba junto a un miedo silencioso.
Rojo estaba de pie cuando Verde entró.
No junto a la ventana.
No en la cama.
En el centro de la habitación.
Como si hubiese decidido no esconderse en ningún lugar.
Verde cerró la puerta.
—Rojo.
Ella levantó la barbilla.
—Verde.
Él percibió enseguida la tensión en sus hombros, el orgullo en la mirada, la tormenta detrás de la boca.
—Color.
Rojo sonrió apenas.
—Empezamos fuerte.
—Color.
La sonrisa se le borró un poco.
—Verde. Con amarillo cerca.
Él asintió.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí. Gracias por decirlo.
Rojo apartó la mirada.
—No lo conviertas en algo tierno.
Verde se acercó despacio.
—¿Por qué?
—Porque entonces me cuesta más.
—¿Qué te cuesta más?
Rojo tragó saliva.
—Mantenerme firme.
Verde se detuvo frente a ella.
No la tocó.
—No he venido a quitarte firmeza.
—Ya lo sé.
—No pareces saberlo.
Rojo lo miró con intensidad.
—No me hables como si me leyeras entera.
—No te leo entera.
—Eso haces.
—No. Te escucho incluso cuando haces ruido para no decir nada.
La frase le dio de lleno.
Rojo apretó los labios.
—Hoy estás especialmente insoportable.
—Hoy estás especialmente escondida.
Silencio.
El aire cambió.
Rojo dio un paso hacia él.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Ordenarme que salga?
Verde la miró con calma.
—No.
Ella parpadeó.
—¿No?
—No voy a sacarte de ningún sitio a la fuerza.
—Entonces…
—Voy a esperar hasta que decidas venir.
Rojo se quedó quieta.
Aquello la descolocó más que una orden.
Verde fue hacia la silla y se sentó. No como quien se retira, sino como quien ocupa el espacio con paciencia. Sus piernas abiertas, los brazos relajados, la mirada fija en ella.
—Ven cuando quieras.
Rojo soltó una risa incrédula.
—¿Ese es tu gran movimiento dominante?
—Sí.
—Sentarte.
—Esperarte.
Rojo lo miró como si quisiera enfadarse, pero no encontrara el lugar exacto.
—Eres imposible.
—Eso ya lo dijiste.
—Lo repetiré las veces que haga falta.
—Entonces ven aquí y dímelo de cerca.
Rojo no se movió.
Pasaron varios segundos.
Luego un minuto.
Verde no la apuró.
Rojo sintió cómo la espera le iba quitando defensas. Si él hubiese ordenado, ella habría obedecido y habría podido llamarlo juego. Si él hubiese exigido, ella habría resistido y habría podido llamarlo lucha.
Pero él estaba allí.
Esperando.
Sin empujar.
Y eso la obligaba a mirar su propio deseo sin excusas.
Finalmente caminó hacia él.
Se detuvo entre sus piernas.
—Aquí estoy.
Verde levantó la vista.
—No.
Rojo frunció el ceño.
—¿Cómo qué no?
—Tu cuerpo está aquí. Tú todavía no.
Rojo inspiró fuerte.
—Verde…
—Dime la verdad.
Ella abrió la boca, pero la cerró.
Verde apoyó las manos en sus muslos, sin subir, sin tomar más de lo que ella acababa de acercar.
—No quiero ganarte, Rojo.
La frase la golpeó en silencio.
—No quiero que caigas. No quiero que te rindas porque no puedes más. Quiero que, si te entregas, sea porque una parte de ti descansa al hacerlo.
Rojo sintió que el pecho se le apretaba.
—Eso es muy difícil.
—Lo sé.
—No sé si puedo.
—Entonces amarillo.
Ella bajó la mirada.
—No quiero amarillo.
—No es un fracaso.
—Lo sé.
—No lo sabes del todo.
Rojo cerró los ojos.
—Amarillo.
Verde retiró las manos inmediatamente.
No se alejó del todo. Solo dejó de avanzar.
—Gracias.
Rojo abrió los ojos con una mezcla de rabia y vulnerabilidad.
—No me des las gracias por frenar.
—Te doy las gracias por confiar.
A Rojo se le humedecieron los ojos.
—Te odio un poco cuando haces eso.
—No me odias.
—No.
—Te cuesta que te cuide.
Ella respiró temblando.
—Sí.
Verde levantó una mano lentamente, dándole tiempo a apartarse. Rojo no se apartó. Él apoyó la palma sobre su pecho, justo encima del corazón.
—No tengo que entrar en ti para tenerte cerca.
Rojo cerró los ojos.
Aquello, de alguna forma, fue más íntimo que la desnudez.
Amarillo apareció más tarde, cuando Rojo la llamó.
No fue una entrada dramática. Fue un mensaje breve, una puerta entreabierta y una amiga entrando con el rostro atento.
Rojo estaba sentada en la cama. Verde, de pie junto a la ventana, dándole espacio.
Amarillo miró a ambos.
—¿Color?
Rojo respondió primero.
—Amarillo.
Verde añadió:
—Estable.
Amarillo asintió.
—Bien.
Se sentó junto a Rojo.
—¿Quieres que él se quede?
Rojo miró a Verde.
Él no dijo nada.
—Sí —respondió ella.
Amarillo tomó su mano.
—Háblame.
Rojo rió sin humor.
—Estoy cansada de hablar.
—Entonces dime una frase.
Rojo miró al suelo.
—Me da miedo que me quiera sin intentar vencerme.
Amarillo no se movió.
Verde tampoco.
Rojo continuó, más bajo:
—Porque entonces no sé cómo defenderme.
Amarillo le acarició los dedos.
—Quizá no tienes que defenderte ahora.
—Siempre tengo que defenderme.
—No. Siempre tuviste que hacerlo. No es lo mismo.
Rojo apretó los ojos.
Verde dio un paso, pero Amarillo levantó la mirada y él se detuvo. No fue una prohibición. Fue un “déjame a mí”.
Verde entendió.
Amarillo abrazó a Rojo.
Y Rojo, que podía sostener una habitación entera con una mirada, se quebró apenas contra el hombro de su amiga.
No lloró fuerte.
No hizo ruido.
Solo dejó caer la frente.
—Estoy bien —murmuró.
Amarillo la apretó más.
—No tienes que estarlo todo el tiempo.
Verde observó desde la distancia, con una mezcla de deseo y respeto que lo obligó a quedarse quieto. Amarillo tenía razón: a veces ser Dominante no era acercarse. A veces era saber no ocupar el lugar que no tocaba.
Cuando Rojo volvió a levantar la cabeza, tenía los ojos brillantes y la voz más clara.
—Quiero seguir.
Amarillo la miró con atención.
—¿Desde dónde?
Rojo respiró.
—Desde mí. No desde el miedo.
Amarillo sostuvo su mirada.
—Entonces dilo mirando a Verde.
Rojo giró hacia él.
—Quiero seguir.
Verde no se movió.
—Color.
—Verde. Pero necesito que, si me pierdo en la cabeza, me traigas despacio. No me empujes. No me rete de vuelta si te provoco para escaparme.
Verde asintió.
—Hecho.
Amarillo soltó su mano.
—Entonces yo me voy.
Rojo la sujetó.
—No lejos.
Amarillo sonrió.
—Nunca lejos.
Cuando volvió a quedarse sola con Verde, Rojo parecía distinta.
No más débil.
Más desnuda por dentro.
Verde se acercó despacio.
—Ven.
Esta vez ella fue sin resistencia.
Cuando llegó a él, Verde la abrazó.
Solo eso.
Pero Rojo sintió el abrazo como si le abriera una puerta bajo las costillas.
—No me gusta que me ganen —susurró ella contra su pecho.
—No te estoy ganando.
—Lo sé.
—No lo bastante.
Rojo levantó la mirada.
—Entonces enséñame.
Verde le acarició la cara.
—No. Vamos a aprenderlo.
Ella sonrió con suavidad.
—Aprendemos.
—Sí.
El beso llegó lento.
Sin la urgencia de otras veces. Pero bajo la calma había deseo. Mucho. Rojo lo notó en la tensión del cuerpo de Verde, en cómo sus manos se cerraron apenas sobre su cintura, en el modo en que su respiración cambió cuando ella se apretó contra él.
—Me deseas —dijo ella.
—Sí.
—Aunque esté así.
—Especialmente porque estás aquí de verdad.
Rojo cerró los ojos.
—Bésame más.
Verde obedeció.
La besó hasta que el cuerpo de Rojo recordó que también estaba hecho para el placer. Hasta que la tristeza se mezcló con calor. Hasta que el miedo dejó de estar solo y empezó a convivir con el deseo.
La llevó a la cama sin romper el beso.
Esta vez, cuando la tumbó, no la inmovilizó de inmediato. Se colocó a su lado y dejó que ella lo buscara.
Rojo lo tocó con una necesidad más humana, menos desafiante. Sus manos recorrieron su pecho, sus hombros, su espalda. Verde dejó que lo hiciera. Dejó que ella encontrara también su propio poder en el acto de tocar.
—Quiero sentirte —dijo Rojo.
—Estoy aquí.
—No así.
Verde la miró.
Rojo bajó una mano hacia él, encontrando su deseo firme, contenido, vivo. Él cerró los ojos un segundo, y ella sintió una satisfacción cálida al verlo afectado.
—También tiemblas —susurró.
—Contigo, sí.
Rojo sonrió.
—Me gusta.
—Lo sé.
Ella lo acarició despacio, sintiendo cómo el falo de Verde respondía bajo sus dedos, cómo la respiración de él se volvía más honda. No había prisa. Había reconocimiento. Ella no lo tocaba para complacer solamente; lo tocaba para saber que él también estaba dentro de aquello, que también arriesgaba algo.
Verde tomó su muñeca con suavidad.
—Basta.
—¿Por qué?
—Porque si sigues, esta vez no tendré tanta paciencia.
Rojo sintió que el deseo le bajaba al vientre.
—Quizá no quiero tanta paciencia.
Verde la miró.
—Color.
—Verde.
—Dilo completo.
Rojo sostuvo su mirada.
—Quiero menos espera. Quiero que me tomes. Pero no quiero que desaparezca el cuidado.
Verde se inclinó sobre ella.
—No va a desaparecer.
Su boca bajó por el cuello de Rojo, por su pecho, por su vientre. Esta vez ella no escondió el temblor. No hizo chistes. No intentó adelantarse con palabras.
Cuando Verde llegó a su monte de Venus, Rojo separó las piernas por voluntad propia.
Él levantó la vista.
—Así.
La palabra la encendió.
La boca de Verde descendió hacia su sexo con una lentitud que ya no buscaba castigar la espera, sino honrarla. Rojo soltó un suspiro largo al sentirlo. Sus dedos se cerraron sobre la sábana mientras él la saboreaba, primero suave, luego con más intención, leyendo sus respuestas como si cada gemido fuera una indicación.
—No te contengas —dijo él contra su piel.
Rojo respiró con dificultad.
—No sé hacerlo.
—Sí sabes. Lo haces siempre.
Ella gimió cuando su lengua volvió al punto exacto.
—Entonces no quiero hacerlo.
Verde sonrió apenas.
—Mejor.
Y la devoró.
Con más hambre que antes, pero no menos cuidado. Su boca la llevó hacia el borde con una precisión que hizo que Rojo perdiera la noción del orgullo. No había postura que sostener, no había máscara que salvar. Solo su cuerpo abriéndose al placer, sus muslos temblando, su voz quebrándose en pequeñas súplicas que Verde recibía sin burla.
—Por favor…
Él no se apartó.
—Más…
Él la sostuvo por las caderas.
Rojo sintió cómo el placer crecía, cómo se volvía inevitable. Pero justo antes de caer, abrió los ojos.
—Verde.
Él se detuvo.
—¿Color?
Ella respiró, temblando.
—Verde. Solo quería verte.
Aquello lo atravesó.
Subió hacia ella y la besó. Rojo se saboreó en su boca y no apartó la cara. Al contrario, lo atrajo más.
—Ahora tú —susurró.
Verde la miró.
—No tienes que…
—Quiero.
Él no discutió.
Rojo descendió con una calma encendida. Besó su pecho, su vientre, bajando despacio hasta encontrar su falo. Lo tomó con una mezcla de deseo y ternura que hizo que Verde apoyara una mano en su pelo, sin empujar, solo acompañando.
Rojo lo recibió con los labios, con la lengua, con una dedicación que no tenía nada de sumisión vacía. Era entrega, sí, pero también elección. Ella disfrutaba de sentir cómo Verde perdía un poco el control, cómo su respiración se rompía, cómo su mano se tensaba en su cabello.
—Rojo…
Ella levantó la mirada sin apartarse.
Verde apretó la mandíbula.
—Ven aquí.
Ella obedeció, subiendo hasta su boca.
El beso fue intenso.
Desordenado por primera vez.
Humano.
Verde la giró con firmeza, colocándola bajo él. Rojo abrió las piernas y lo recibió entre ellas, sintiendo el peso de su cuerpo, el calor de su deseo, la promesa de una unión que ya no era solo hambre.
—Dime que lo quieres —pidió él.
Rojo le rodeó el cuello con los brazos.
—Lo quiero.
—Dime qué quieres.
—Quiero que entres en mí.
Verde apoyó la frente contra la suya.
—Color.
—Verde. Y si me voy demasiado lejos, te lo digo.
—No. Si te vas demasiado lejos, vuelves conmigo.
Rojo sonrió con emoción.
—Vuelvo contigo.
Entonces él entró.
No tan despacio como la primera vez.
No con brusquedad, pero sí con una decisión más clara, más ardiente. Rojo lo recibió con un gemido profundo, sintiendo cómo su sexo se abría a él, cómo su cuerpo recordaba y deseaba al mismo tiempo.
Verde se quedó quieto unos segundos dentro de ella.
—Respira.
Rojo respiró.
—Mírame.
Lo miró.
Entonces empezó a moverse.
El ritmo fue creciendo, firme, real, cargado de deseo. Rojo dejó que su cuerpo respondiera sin esconderse. Cada embestida la llevaba más hondo en sí misma, no fuera de ella. Verde la sujetaba por la cadera, la besaba, le hablaba cerca del oído.
—Aquí.
—Sí.
—Conmigo.
—Sí.
—No tienes que poder con todo ahora.
Rojo cerró los ojos, pero no por huir. Por sentir.
—Verde…
—Dime.
—No pares.
Él no paró.
La tomó con más intensidad, dejando que el deseo se volviera más físico, más urgente. Rojo se arqueó bajo él, clavando los dedos en su espalda, recibiéndolo con una mezcla de placer y rendición elegida. No había derrota allí. Había descanso. Había fuego. Había dos cuerpos diciendo lo que la mente aún no sabía ordenar.
—Estoy cerca —jadeó ella.
Verde bajó una mano entre ambos, tocando su centro mientras seguía dentro de ella.
Rojo se rompió en un gemido.
—Mírame —ordenó él.
Ella abrió los ojos.
—Así. No te vayas sola.
Aquello la llevó al límite.
El placer la atravesó con una fuerza casi dolorosa, arrancándole el control de la voz, del cuerpo, de la respiración. Verde la sostuvo mientras ella se cerraba alrededor de él, mientras temblaba, mientras decía su nombre como si fuese una cuerda para volver.
Él la siguió poco después, con un sonido bajo, enterrando el rostro en su cuello, dejando que su propio deseo terminara de arder dentro de aquel abrazo.
Después no se movieron.
Rojo respiraba contra él.
Verde seguía dentro de ella, quieto, como si salir demasiado pronto fuera romper algo delicado.
—Color —susurró.
Rojo tardó.
—Verde… amarillo… pero bonito.
Él sonrió contra su piel.
—Acepto ese informe.
Salió de ella con cuidado y la envolvió enseguida.
Rojo no habló durante mucho rato.
Luego dijo:
—No me has vencido.
Verde le acarició el pelo.
—No.
—Me has sostenido.
—Sí.
Ella cerró los ojos.
—Eso es peor.
—¿Peor?
Rojo sonrió con cansancio.
—Más difícil de discutir.
Verde besó su frente.
—Descansa.
—No me mandes descansar después de destrozarme emocionalmente.
—Descansa, Rojo.
Ella suspiró.
—Está bien.
Amarillo volvió cuando la noche ya estaba tranquila.
No preguntó detalles.
No hacía falta.
Rojo estaba envuelta en la manta, apoyada contra Verde, con esa expresión de mujer que ha perdido una batalla que nunca fue guerra.
Amarillo se sentó a los pies de la cama.
—¿Color?
Rojo abrió un ojo.
—Verde cansado. Amarillo suave. Rojo lejano, pero no malo.
Amarillo sonrió.
—Eso es bastante preciso.
Verde añadió:
—Ha vuelto bien.
Amarillo lo miró.
—No me informes como si fuera una misión.
—Perdón.
Rojo soltó una risa.
—Le estás intimidando.
—Bien —dijo Amarillo—. Alguien tiene que hacerlo.
El silencio que siguió fue cálido.
Amarillo miró a Rojo.
—¿Te sientes derrotada?
Rojo tardó en responder.
—No.
—¿Y eso te molesta?
Rojo sonrió.
—Sí.
Amarillo asintió, como si esa respuesta tuviera todo el sentido del mundo.
—Entonces vamos bien.
Rojo extendió una mano hacia ella. Amarillo la tomó.
Durante un momento, Verde sostuvo el cuerpo de Rojo, Amarillo sostuvo su mano, y Rojo no sostuvo nada.
No tuvo que hacerlo.
Y esa fue quizá la entrega más profunda de la noche.
Al amanecer, Amarillo encontró a Verde solo en la cocina.
—Está dormida —dijo él.
—Bien.
—Ha sido mucho.
—Lo sé.
Verde apoyó las manos sobre la encimera.
—Me preocupa lo que viene después.
Amarillo lo miró.
—Eso significa que entiendes algo.
—¿Qué?
—Que el deseo no termina cuando acaba la escena.
Verde asintió.
—No quiero que mañana sienta que se expuso demasiado.
—Puede sentirlo.
Él la miró.
Amarillo fue clara:
—Puede pasar. Rojo puede despertarse y querer ponerse la armadura otra vez. Puede bromear, puede provocar, puede intentar convencerte de que nada fue tan importante.
—¿Y qué hago?
—No la persigas. No la castigues por protegerse. Pero tampoco finjas que no viste lo que viste.
Verde respiró hondo.
—¿Y si me aparta?
—Te quedas cerca sin invadir.
—Eso es difícil.
Amarillo sonrió.
—Nadie dijo que cuidar a una mujer intensa fuera un paseo.
Verde soltó una risa baja.
—No.
—Pero si quieres estar, aprende esto: Rojo no necesita que la rescaten. Necesita que no huyan cuando ella deja de parecer invencible.
Verde miró hacia el pasillo.
—No voy a huir.
Amarillo lo observó con seriedad.
—Entonces díselo cuando esté despierta. No ahora. No en pleno después. Cuando pueda escucharlo con todas sus defensas mirando.
Rojo despertó unas horas más tarde.
No llamó a nadie.
No se levantó enseguida.
Miró el techo, sintiendo el cuerpo cansado, el corazón raro, la mente intentando reconstruir sus muros con la eficiencia de siempre.
Pero algo fallaba.
No encontraba las piezas igual.
Recordó la boca de Verde. Sus manos. Su cuerpo entrando en ella. Su voz diciéndole que no tenía que poder con todo. Recordó a Amarillo abrazándola. Recordó su propia voz diciendo amarillo sin que el mundo se rompiera.
Y entonces sintió miedo.
No un miedo violento.
Un miedo pequeño, frío, inteligente.
El tipo de miedo que dice: ahora saben demasiado.
Se levantó.
Se vistió despacio.
Cuando salió, Amarillo estaba esperándola en el pasillo con dos tazas.
Rojo la miró.
—No digas nada.
—Buenos días.
—Eso cuenta como algo.
Amarillo le tendió una taza.
—Ven.
Se sentaron junto a la ventana.
Rojo bebió en silencio.
Amarillo esperó.
Al final, Rojo habló.
—Quiero poner distancia.
—Lo imaginaba.
—¿No vas a decirme que no lo haga?
—No.
Rojo la miró, sorprendida.
Amarillo continuó:
—Voy a preguntarte desde dónde quieres ponerla.
Rojo apretó la taza.
—Desde el miedo.
—Gracias por no mentir.
Rojo soltó una risa triste.
—No sé qué hacer con esto.
—No hagas nada todavía.
—Necesito controlar algo.
—Controla el ritmo. No destruyas el vínculo para sentir que vuelves a mandar.
La frase fue suave, pero entró hondo.
Rojo cerró los ojos.
—Me conoces demasiado.
—Sí.
—Es injusto.
—Muchísimo.
Rojo respiró.
—¿Y si me vuelvo dependiente?
—Entonces hablaremos. Pero ahora mismo no estás dependiendo. Estás sintiendo. Y como no puedes meterlo en una caja, quieres quemar la caja entera.
Rojo sonrió apenas.
—Eso ha sido muy exacto.
—Lo sé.
Verde apareció al otro lado del pasillo, pero se detuvo al verlas.
Rojo lo miró.
Su primer impulso fue levantar una pared.
Su segundo impulso fue pedirle que se acercara.
No hizo ninguna de las dos cosas.
Amarillo se levantó.
—Os dejo.
Rojo la sujetó con la mirada.
—No lejos.
Amarillo sonrió.
—Nunca lejos.
Verde se acercó despacio cuando Amarillo se fue.
No intentó tocarla.
—Buenos días.
Rojo sostuvo la taza con ambas manos.
—Buenos días.
Silencio.
Él lo rompió con calma.
—No voy a pedirte que estés distinta hoy.
Rojo levantó la mirada.
—¿No?
—No. Si necesitas distancia, dime cuánta. Si necesitas hablar, hablamos. Si necesitas silencio, me quedo en silencio. Pero no voy a fingir que anoche no fue importante para que te sientas menos expuesta.
Rojo sintió un nudo en la garganta.
—Eso es muy molesto.
—Lo sé.
—Podrías hacerlo más fácil.
—Podría. Pero no sería verdad.
Rojo miró hacia la ventana.
—Tengo miedo.
Verde no se movió.
—Gracias por decírmelo.
—No me des las gracias por todo.
—Intentaré moderarme.
Ella sonrió apenas.
—No sé qué somos.
—Yo tampoco.
—Eso no ayuda.
—No he venido a venderte certezas.
Rojo lo miró.
Verde bajó la voz.
—Solo puedo decirte que no quiero vencerte. No quiero ocupar tu vida como si tuviera derecho. No quiero que dejes de ser tú para caber conmigo. Pero sí quiero estar. Si me dejas. Si quieres. Al ritmo que el semáforo permita.
Rojo se quedó en silencio.
La mujer que no se rendía sintió, por primera vez, que quizá entregarse no era perder.
Quizá era permitir que alguien caminara a su lado sin intentar quitarle el paso.
Amarillo observaba desde lejos.
No escuchaba las palabras, pero no le hacía falta.
Vio a Rojo bajar un poco los hombros.
Vio a Verde no acercarse más de la cuenta.
Vio una distancia pequeña, sana, llena de posibilidad.
Y supo que aquella historia todavía no había terminado.
Porque el rojo seguía existiendo.
El amarillo seguía cuidando.
Y el verde, aunque brillaba con fuerza, aún no había dicho su última palabra.